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Maligne Lake entre nubes
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20 de septiembre de 2017 · Columbia Británica y Alberta, Canadá

Turquesa y nieve en las Rocosas canadienses

Banff a Jasper: la carretera más espectacular de Norteamérica (y cómo la viví con mi cámara)

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Hay carreteras que son solo un trayecto. Y luego está la Icefields Parkway, la ruta que conecta Banff con Jasper en el corazón de las Montañas Rocosas canadienses: 230 kilómetros donde cada curva revela un lago turquesa, un glaciar colgante o una cordillera que parece sacada de otro planeta. Si me preguntas cuál ha sido la carretera más fotogénica que he recorrido, la respuesta es esta, sin dudarlo.

Te cuento cómo fue el viaje, qué paradas no puedes saltarte y, al final, toda la información práctica para que lo organices tú mismo.

El punto de partida: Banff, la puerta a las Rocosas

Todo arranca en Banff, un pueblo alpino que combina la calma de montaña con una energía turística contagiosa. Antes de meterme en la Parkway, dediqué una mañana a subir al Monte Sulphur en teleférico: la vista panorámica sobre el valle del río Bow es la mejor forma de entender la escala de lo que viene después. Banff no es solo el prólogo del viaje, es ya una declaración de intenciones.

Lake Louise: el turquesa que no parece real

A veinte minutos de Banff te espera Lake Louise, probablemente el lago más fotografiado de Canadá, y con razón. El color de su agua —un turquesa lechoso producido por el sedimento glaciar en suspensión— cambia con la luz del día, así que si viajas con cámara, madruga. Llegar antes de las 7 de la mañana no es un capricho de fotógrafo: es la única forma de evitar la marea de gente y captar el lago en calma, con el Victoria Glacier reflejado en el agua como un espejo.

Consejo de fotógrafo: la luz rasante del amanecer suaviza los contrastes y realza el color del agua mucho mejor que el sol de mediodía, que suele “quemar” el turquesa en las fotos.


Frente al lago Maligne



Moraine Lake: el lago que sale en los billetes canadienses

Si Lake Louise te sorprende, Moraine Lake te deja sin palabras. Rodeado por el Valle de los Diez Picos, este lago fue tan icónico que llegó a aparecer en el billete de 20 dólares canadienses de los años 90. Subir al mirador de Rockpile —apenas diez minutos de caminata— ofrece la panorámica que probablemente ya has visto en Instagram mil veces, pero que en persona impacta de otra manera.

Aquí va mi aviso honesto: el acceso a Moraine Lake está muy restringido en temporada alta. Desde hace unos años no se puede llegar en coche propio; hay que hacerlo en shuttle oficial o en tour organizado, y conviene reservarlo con semanas de antelación.

La Icefields Parkway: 230 km de naturaleza en estado puro

A partir de Lake Louise arranca la propia Icefields Parkway (Highway 93), considerada una de las carreteras escénicas más bellas del mundo. Aquí es donde el viaje se convierte en una sucesión de paradas obligadas:

• Peyto Lake: visto desde el mirador de Bow Summit, tiene forma de lobo aullando y un color azul eléctrico difícil de creer.

• Bow Lake: más tranquilo, con el glaciar Crowfoot asomando al fondo, perfecto para una parada corta sin aglomeraciones.

• Weeping Wall: una pared rocosa de la que caen decenas de cascadas, especialmente espectacular en primavera con el deshielo.

Columbia Icefield y Athabasca Glacier: pisando hielo milenario

El punto culminante de la ruta, tanto en altitud como en emoción, es el Columbia Icefield, el mayor campo de hielo de las Rocosas y fuente de varios de los ríos más importantes de Norteamérica. Desde allí se accede al Athabasca Glacier, uno de los glaciares más visitados del planeta y también uno de los que más rápido retrocede por el cambio climático: en el último siglo ha perdido más de la mitad de su volumen.

Se puede caminar hasta el borde del glaciar por cuenta propia (con precaución) o subir en los vehículos especiales Ice Explorer que circulan sobre el hielo. Fotográficamente, esta zona es un regalo: el contraste entre el blanco del hielo, el gris de la morrena y el azul del cielo produce estampas que no encontrarás en ningún otro lugar de la ruta.

Sunwapta Falls y Athabasca Falls: el gran final antes de Jasper

Ya cerca del destino, dos cascadas cierran el recorrido por todo lo alto. Sunwapta Falls sorprende por el giro casi imposible que hace el río antes de precipitarse en la garganta. Y Athabasca Falls, aunque no es la más alta, sí es la más caudalosa del Parque Nacional Jasper: el rugido del agua abriéndose paso entre la roca cuarcita se siente en el pecho.

Jasper: el broche tranquilo

Llegar a Jasper después de todo esto se siente como un respiro. Es un pueblo más pequeño y menos masificado que Banff, ideal para pasar la última noche, cenar tranquilo y, si el cielo está despejado, intentar ver estrellas: Jasper forma parte de una de las reservas de cielo oscuro más grandes del mundo.


Si tuviera que resumir la ruta Banff-Jasper en una frase, sería esta: es el tipo de paisaje que te recuerda por qué empezaste a viajar con una cámara en la mano. Turquesas imposibles, glaciares que se pueden tocar y una carretera que no quiere que llegues rápido a ningún sitio, porque cada parada merece su tiempo.

¿Has hecho ya esta ruta o la tienes en tu lista de viajes pendientes? Cuéntamelo en comentarios.

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